Fifth Sunday in Ordinary Time

Sunday, February 7, 2021

Reflection by: Fr. Alberto Bueno, T.O.R.

 

My dear Sister and Brothers,

The past year has certainly allowed us to feel as Job feels in today’s first reading. Facing the pandemic and all the other hardships of the last months we can certainly make Job’s words our own, “Is not our life a drudgery? … I have been assigned months of misery, and troubled nights have been allotted to me.” And yet, like Job, we know our redeemer lives. Today’s Gospel picks up from last Sunday’s. It is the Sabbath, Jesus has just freed the possessed man in the synagogue and, entering Simon Peter’s and Andrew’s home, finds Peter’s mother-in-law ill with a fever. Jesus heals her. After sundown (the end of the Sabbath), the people bring all those who are not well to the house, and Jesus spends hours healing them. The Lord demonstrates himself as our high priest, united in solidarity with His people bringing the healing they truly need into their lives.

Jesus then takes the opportunity to pray in a deserted place, apart from everyone. In this way Mark connects Jesus’ power to His prayer. Yet, when He is found by Peter and the other disciples, He directs them to join him in bringing the Good News to the other towns and villages in the surrounding areas. The Lord’s work isn’t just for Capernaum it is for all who will receive it. Like Peter’s mother-in-law, when we experience the healing presence of Christ in our lives we feel the need to share with, that is serve, others. We become the heralds of good news! There is someone who has entered our reality and has transformed our drudgery and misery into opportunities for mutual caring of one another, sharing the love of God that has been given to us, and reaching out to those who are in need of the same. The healing touch of the Lord has entered our lives that we may then channel it to those in need around us. May God grant you peace.

 

Quinto Domingo del Tiempo Ordinario

Mis queridos Hermanos y Hermanas,

Este último año nos ha permitido a sentirnos como Job se siente en la primera lectura de hoy. Enfrentando la pandemia y las otras dificultades de los últimos meses podemos adoptar las palabras de Job, “Me ha tocado vivir meses enteros de desengaño, noche tras noche de sufrimiento.” A la vez, como Job, sabemos que nuestro Redentor vive. El evangelio de hoy sigue inmediatamente el del domingo pasado. Es el sábado, Jesús acaba de liberar al hombre con un espíritu inmundo en la sinagoga y, entrando en la casa de Simón Pedro y Andrés, se encuentra que la suegra de Pedro está enferma con una fiebre. Jesús la sana. Cuando se pone el sol (el fin del sábado), la gente traen a todos que están mal a la casa, y Jesús se pasa horas sanándolos. El Señor se revela a sí mismo como un sumo sacerdote totalmente unido a su pueblo, totalmente solidario con el pueblo.

Entonces Jesús toma la oportunidad de ir a orar a un lugar desierto, apartado de todos. De esta forma san Marcos une el poder de Jesús a su oración. Sin embargo cuando Pedro y los otros discípulos lo encuentran, el los dirige que le acompañen a llevar la Buena Nueva a los otros pueblos y aldeas en la región. La obra del Señor no es solamente para Cafarnaúm, es para todos que la reciva. Como la suegra de Pedro, cuando experimentamos la presencia sanadora de Cristo en nuestras vidas sentimos la necesidad de compartir, es decir servir, a los demás. ¡Nos hacemos heraldos de buenas noticias! Hay alguién que ha entrado en nuestra realidad y ha transformado nuestra miseria a oportunidades de cuidado mutuo los unos a los otros, compartiendo el amor de Dios que se nos a dado, y extendiendo este amor a los más necesitados. La palabra sanadora del Señor ha entrado en nuestras vidas para darnos la oportunidad de compartirla a los necesitados que nos rodean. Que Dios les concede la paz.