Sixth Sunday of Ordinary Time – Sunday, February 11, 2024

My dear Sisters and Brothers,

Today’s Old Testament reading from Leviticus and our Gospel from Saint Mark are focused on leprosy. To be clear, we need to understand how this term was applied in biblical times. The people of the Bible used the word “leprosy” to identify a broad spectrum of skin diseases, including what we call Hansen’s disease, the highly contagious disease traditionally called leprosy. Understanding this, we can approach our readings today. Lepers were marginalized, they had to live separate from the community. There was a practical purpose to this, it kept the community from getting sick (just as in COVID we wore masks and kept a distance). But we also see the term unclean used here. This term has to do with ritual purity, meaning that an unclean person could not participate in temple worship or in the synagogue. Another example of this is that women after giving birth or in their monthly period were ritually unclean as well, and there were rites to follow in order to be made clean. This is why Jesus sent the man with leprosy to the priests after he healed him to perform the ritual to be declared ritually clean. The good news is that Jesus did not let these barriers keep him away from these marginalized, outcast people! Rather he saw his ministry was particularly directed to them. With courage and conviction, he broke through those barriers to care and heal. For Jesus disease and illness were not punishments or a curse so he, with kindness and respect reached out and healed, came near, and befriended them. In doing this Jesus demonstrated that no one is unworthy of being in his presence, no one is unworthy to be in the presence of his heavenly Father. Jesus challenges us today to recognize in all those we meet the worthiness of each person to be in God’s presence, for they are a worthy son or daughter of our heavenly Father. Love always wins out for Jesus, always!

Mis queridos hermanos y hermanas,

La lectura de hoy del Antiguo Testamento del Levítico y nuestro Evangelio de San Marcos se centran en la lepra. Para ser claros, debemos entender cómo se aplicaba este término en los tiempos bíblicos. Los pueblos de la Biblia usaban la palabra “lepra” para identificar un amplio espectro de enfermedades de la piel, incluida lo que llamamos enfermedad de Hansen, la enfermedad altamente contagiosa tradicionalmente llamada lepra. Entendiendo esto, podemos abordar nuestras lecturas de hoy. Los leprosos fueron marginados, tuvieron que vivir separados de la comunidad. Esto tenía un propósito práctico: evitó que la comunidad se enfermara (al igual que en COVID usábamos máscaras y manteníamos la distancia). Pero también vemos aquí el término impuro. Este término tiene que ver con la pureza ritual, lo que significa que una persona impura no podía participar en el culto del templo ni en la sinagoga. Otro ejemplo de esto es que las mujeres después de dar a luz o en su período mensual también eran ritualmente impuras, y había ritos a seguir para quedar limpias. Es por eso que Jesús envió al hombre leproso a los sacerdotes después de que lo sanó para realizar el ritual para ser declarado ritualmente limpio. ¡La buena noticia es que Jesús no permitió que estas barreras lo alejaran de estas personas marginadas y rechazadas! Más bien el vio que su ministerio era particularmente dirigido a ellos. Con valentía y convicción, rompió esas barreras para cuidar y sanar. Para Jesús la enfermedad y la dolencia no eran castigos ni una maldición, por lo que él, con bondad y respeto, se acercó y los curó, se aproximó y se hizo amigo de ellos. Al hacer esto, Jesús demostró que nadie es indigno de estar en su presencia, nadie es indigno de estar en la presencia de su Padre celestial. Jesús nos desafía hoy a reconocer en todos aquellos con quienes nos encontramos la dignidad de cada persona de estar en la presencia de Dios, porque son dignos hijos e hijas de nuestro Padre celestial. Para Jesús el amor siempre vence, ¡siempre!