Twenty-Fourth Sunday in Ordinary Time – Sunday, September 13, 2026

Reflection by: Alberto Bueno, T.O.R.

My dear brothers and sisters, today’s Gospel, picking up from where last Sunday’s Gospel left off, presents us with one of Jesus’ parables. In responding to Peter’s question on forgiveness, the Lord’s answer includes the parable of the king settling accounts with his servants. In this parable Jesus shifts the emphasis away from the burden and the difficulty of the work of reconciliation, calling attention to the utter gratuity of the gift of forgiveness. The only way to respond adequately to such a gift is to pay it forward. The servant can never repay the king, but he can act in the same forgiving manner to those indebted to him. But, as we see, he does not do this. And the king’s response is severe! The ensuing verses can be very troubling. They remind us of the ending of the prayer that Jesus teaches his disciples: “Forgive us our debts, as we forgive our debtors” (Mt. 6:12), with the added admonition that our ability to offer forgiveness is intimately tied to our ability to receive it (Mt. 6:14-15). The point isn’t that God is fickle in forgiving and takes back his forgiveness if we do not forgive, but rather, this parable is a warning of the consequences of letting our hearts become hardened in unforgiveness. A heart hardened in revenge sets in motion endless cycles of violence. The parable exposes the way that our choice to forgive or not redounds on us. The more we try to forgive and pray for the ability to forgive, even if we are not quite there yet, we open a place for God’s grace to work in us to bring us, in time, to be merciful as God is to us. Nothing we can do can take divine forgiveness away from us, but we can do things that hinder its powerful effect in us.

Queridos hermanos y hermanas: el Evangelio de hoy, retomando el relato donde quedó el del domingo pasado, nos presenta una de las parábolas de Jesús. Al responder a la pregunta de Pedro sobre el perdón, la respuesta del Señor incluye la parábola del rey que ajusta cuentas con sus siervos. En esta parábola, Jesús desplaza el énfasis de la carga y la dificultad de la obra de reconciliación para centrar la atención en la gratuidad absoluta del don del perdón. La única manera de responder adecuadamente a tal regalo es transmitirlo a los demás. El siervo nunca podrá pagarle al rey, pero puede actuar de la misma manera perdonadora con quienes le deben a él. Sin embargo, como vemos, no lo hace. ¡Y la respuesta del rey es severa! Los versículos siguientes pueden resultar muy inquietantes. Nos recuerdan el final de la oración que Jesús enseña a sus discípulos: «Perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6, 12), con la advertencia añadida de que nuestra capacidad de ofrecer el perdón está íntimamente ligada a nuestra capacidad de recibirlo (Mt 6, 14-15). La cuestión no es que Dios sea inconstante al perdonar y retire su perdón si nosotros no perdonamos; más bien, esta parábola es una advertencia sobre las consecuencias de permitir que nuestros corazones se endurezcan en la falta de perdón. Un corazón endurecido por la venganza desencadena ciclos interminables de violencia. La parábola revela cómo la decisión de perdonar o no hacerlo repercute en nosotros mismos. Cuanto más nos esforzamos por perdonar y por pedir la capacidad de hacerlo aunque aún no hayamos llegado a ese punto, más espacio damos a la gracia de Dios para que actúe en nosotros y nos lleve, con el tiempo, a ser misericordiosos tal como Dios lo es con nosotros. Nada de lo que hagamos puede arrebatarnos el perdón divino, pero sí podemos hacer cosas que obstaculicen su poderoso efecto en nosotros.